Mons. Castagna: 'La urgencia de comunicar la Palabra de Dios'
"La Iglesia ha sido creada por Cristo para que el mundo reciba la Palabra y arregle su vida conforme a ella", recordó el arzobispo emérito de Corrientes en su sugerencia para la homilía.
Monseñor Domingo Castagna, arzobispo emérito de Corrientes, destacó que el celo ardiente por evangelizar, en los términos del apóstol Pablo, corresponde al mandato de no ocultar el Evangelio y citó: "No, nadie podrá privarme de este motivo de gloria. Si anuncio el Evangelio, no es para gloriarme, al contrario, es para mí una necesidad imperiosa. ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!".
"Son palabras adecuadas a nuestra situación y, al mismo tiempo, reveladoras de la urgencia de ser comunicada para que, como gracia, opere en los corazones", sostuvo y profundizó: "La Iglesia vive de la fe en la Palabra y 'para la misión' de comunicarla".
"Cualquier otra referencia constituye una peligrosa distracción de su ser y misión", advirtió.
El arzobispo indicó que "la Cuaresma es también la ocasión - para la Iglesia 'institución'- de revisar su estructura y orientación misionera".
"Si pedimos que el hombre se identifique como hijo de Dios, reclamamos, simultáneamente, que la Iglesia no deje de identificarse como el Cuerpo Místico de Cristo. Así la define el venerable papa Pío XII, reactivando la genial definición de san Pablo. La Iglesia ha sido creada por Cristo para que el mundo reciba la Palabra y arregle su vida conforme a ella", concluyó.
Texto de la sugerencia
1.- La identidad divina de la Palabra. El texto del prólogo del Evangelio según San Juan es una síntesis perfecta de la doctrina sobre el Verbo Encarnado. El Evangelista intuye, con sorprendente claridad, la identidad divina de Jesús, el Verbo de Dios, encarnado en el seno virginal de María. Las palabras son insuficientes e inexpresivas, cuando la intención es revelar este gran Misterio de nuestra fe: "Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios". (Juan 1, 1-1) Es la Palabra pronunciada eternamente por el Padre, de la que todo lo creado procede. El joven evangelista se deja guiar por el Espíritu y se convierte en el Apóstol teólogo, capaz de darle forma literaria a la Revelación. Su amor a Cristo, la Palabra encarnada, le ofrece la capacidad de ser fiel a su Maestro hasta la Cruz. Lo vemos acompañar a María, y a las santas mujeres, hasta la sepultura. Su clarividencia sobrenatural lo pone en condiciones ideales para transcribir lo que recibe del Espíritu. No vacila y nos ofrece la cuarta versión canónica del Santo Evangelio. No podremos prescindir de él si intentamos presentar una síntesis perfecta de la Palabra evangélica, a un mundo que necesita recibirla para salvarse. El prólogo que nos corresponde meditar, en este quinto domingo de Cuaresma, posee una densidad doctrinal insuperable. La Palabra encarnada es Cristo, Dios verdadero y Hombre verdadero. La adhesión al Señor por parte del Apóstol Juan, y de sus hermanos Apóstoles, procede del descubrimiento de la divinidad del Señor. Porque es Dios y Hombre puede ser el Redentor de los hombres. En la transmisión de esta Verdad está la eficacia sobrenatural de la predicación apostólica, que la Iglesia hoy ofrece. Puesta en ella la atención, la fe - suscitada por la Palabra - prende en los corazones más endurecidos. Son más de dos mil años de historia, la exposición de la sabiduría y santidad causada por la Palabra predicada. En continuidad con sus orígenes, el poder divino del Evangelio, modifica comportamientos e ilumina - con la Verdad - los recovecos del pensamiento humano actual.
2.- El "pecado" del mundo. La soberbia constituye la reedición del pecado original. Es "el pecado del mundo" que el Cordero de Dios vino a eliminar, y se ha enseñoreado de las expresiones más características del mundo contemporáneo. La humildad, en cambio, es la virtud regeneradora de quienes se consideran sus rectores. No lo lograrán sin una práctica de la humildad. Cristo exhorta a la pobreza de corazón, porque quienes son pobres (humildes) son los auténticos propietarios del Reino: "Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos". (Mateo 5, 3) Los humildes han sido elegidos para dar ritmo al peregrinaje que orienta hacia el cumplimiento perfecto de la voluntad del Padre. El primero de ellos es el mismo Jesús. Él educa en la humildad a quienes deben liderar - con Él - la vida nueva del Reino. Son los santos y, secundariamente, quienes desempeñan el poder, a veces manipulándolo a su arbitrio mezquino y egoísta. Sus discípulos son líderes, en el servicio humilde, en favor del pueblo. El mismo Señor se propone como ejemplo: "Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes, el que quiera ser el primero que se haga su esclavo, como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar la vida en rescate por una multitud". (Mateo 20, 26-28) Mientras no aparezcan hombres y mujeres de ese temple, nos encontraremos fuera de la construcción del mundo nuevo, que Dios ha proyectado, y nos revela en el Misterio de su Hijo encarnado. La única manera de hacer bien las cosas es contemplar el Modelo, propuesto por Dios. En las expresiones de Jesús no existen autorreferencias vanas, sino auténtica orientación hacia la perfección. El mismo Cristo ofrece, como perspectiva de perfección humana, la inalcanzable perfección de Dios Padre: "Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo". (Mateo 5, 48) Su perfección, como lo señala el evangelista, es el amor. Su capacidad es infinita, la nuestra padece los límites naturales de la condición humana. La definición que Juan formula es incuestionable: "El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor". (1 Juan 4, 8) El amor nos otorga la capacidad de conocer a Dios. El odio nos aleja de su conocimiento. Una sociedad donde el odio es la moneda corriente se auto destruye y acaba en completa ruina. La cercanía de Dios en nuestra vida cotidiana aproxima el ideal y nos proporciona la íntima capacidad de llegar a él.
3.- La Palabra necesita ser audible. La Palabra, que es Dios, está dirigida por el Padre al mundo. Es imposible llegar a la verdad si no se la atiende. El Apóstol deja de manifiesto el riesgo del rechazo a la Palabra, generosamente ofrecida: "La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre. Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron". (Juan 1, 9-11) El gran pecado del mundo es desatender la Palabra, hasta rechazarla irresponsablemente. Es verdad que la Palabra necesita ser audible en labios de quienes tienen la misión de darle voz, como Juan el Bautista. Necesita que esa voz sea suficientemente potente, para que todo el mundo la pueda escuchar. Hoy es responsabilidad de la Iglesia: Una, Santa, Católica y Apostólica. Requiere coraje y capacidad martirial, enfrentando las más crueles persecuciones. El demonio sigue combatiéndola con la misma ferocidad de los primeros tiempos. Pero, finalmente, la Palabra impondrá silencio a las intromisiones causadas por el eterno enemigo de Dios. Se deduce que es necesaria la transmisión de la Palabra. De otra manera, toda autenticidad quedaría descartada, y los hombres no tendrían acceso a la verdad que necesitan para lograr ser ellos mismos. Advertimos que existe el propósito universal de llegar a la Verdad. Sin Cristo, la Verdad encarnada, el intento de arribar a toda verdad quedará frustrado. De hecho percibimos la debilidad y fracaso en los esfuerzos por llegar a formularla correctamente. Dios, en su Verbo, viene en auxilio de quienes, con honestidad, están dispuestos a recibirla: "Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios". (Juan 1, 12) La dignidad humana no procede de la fortuna y del poder, sino de ser hijos de Dios. Es preciso dejarse ilustrar y transformar por la Palabra, para obtener el poder ser hijos de Dios. El modelo a imitar es Cristo el "Hijo de Dios e Hijo del hombre". Es un poder que otorga la Palabra y, que requiere la disponibilidad de la persona, en el pleno ejercicio de la libertad saneada por la gracia de Cristo. El celo ardiente por evangelizar, en los términos del Apóstol Pablo, corresponde al mandato de no ocultar el Evangelio: "No, nadie podrá privarme de este motivo de gloria. Si anuncio el Evangelio, no es para gloriarme, al contrario, es para mí una necesidad imperiosa. ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!" (1 Corintios 9, 16)
4.- La urgencia de comunicar la Palabra. Son palabras adecuadas a nuestra situación y, al mismo tiempo, reveladoras de la urgencia de ser comunicada para que, como gracia, opere en los corazones. La Iglesia vive de la fe en la Palabra, y "para la misión" de comunicarla. Cualquier otra referencia constituye una peligrosa distracción de su ser y misión. La Cuaresma es también la ocasión - para la Iglesia "institución" - de revisar su estructura y orientación misionera. Si pedimos que el hombre se identifique como hijo de Dios, reclamamos, simultáneamente, que la Iglesia no deje de identificarse como el Cuerpo Místico de Cristo. Así la define el Venerable Papa Pio XII, reactivando la genial definición de San Pablo. La Iglesia ha sido creada por Cristo para que el mundo reciba la Palabra y arregle su vida conforme a Ella.+