No por repetido, deja de sorprender cuando la Casa Blanca repite punto por punto la siniestra propaganda del Kremlin . Los Estados Unidos de Trump han asumido con una sobredosis de literalidad su «rusofilia» hasta el punto de no molestarse ni en parafrasear las siniestras consignas de Moscú. Entre el fetichismo de Donald Trump con el poder absoluto y la asombrosa capacidad de Vladimir Putin para capitalizar a su favor toda esa miseria moral, ya no corre el aire. Hubo un tiempo en que la afinidad con Moscú solamente afectaba a la izquierda. La progresía a ambas orillas del Atlántico siempre se las ingenió durante el siglo XX para excusar la dominación comunista y el totalitarismo soviético. Los más sectarios incluso llegaban hasta desdramatizar el estalinismo. En el siglo XXI, esa concordancia política ha cambiado de signo para terminar por sincronizar a las derechas efervescentes de Estados Unidos y Europa con el «ruscismo», entendido como la declinación rusa del fascismo. Del «eurasianismo» de Alexander Dugin a la «Ilustración oscura» de Curtis Yarvin ya no hay tanta distancia. Alineados contra el wokismo, el gobalismo y el liberalismo, esta bacanal ideológica tiene, con diferencia, su manifestación más obscena en el caso de Ucrania. Para Trumputin, la universalidad no se refiere a los derechos humanos sino a la ley del más fuerte. Cuando se degrada la soberanía ucraniana a la categoría de simple «accidente geopolítico», por supuesto que Rusia tiene derecho a quedarse con todos los territorios conquistados, lo que debería incluir también a la Casa Blanca.Noticia Relacionada DE LEJOS opinion Si ¿Qué significa gobernar a golpe de rotulador grueso? Pedro Rodríguez Más que subrayar, escribir notas o manipular, con diferencia el uso más repetido que Trump hace de los marcadores es estampar su rúbrica en forma de vibrante electrocardiograma Mientras en Arabia Saudí se intenta imponer a Ucrania un Tratado de Versalles a la inversa, los tres años de la guerra iniciada por Putin están planteando un mundo mucho más inseguro y peligroso. La oportunidad única para reforzar la causa de la libertad y el avance de la democracia ha sido desperdiciada miserablemente a favor de las autocracias. En buena parte porque Occidente pensó que el conflicto era una crisis que había que gestionar y no una guerra que había que ganar.