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Opinión del Director

Despedida del dictador

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Crédito: 31002
Daniel Caran

Por Daniel Caran

Pasa generalmente que la disminución del poder natural se expresa casi directamente en la necesidad de demostrarlo de alguna manera.

 

Por eso para algunos olvidables personajes de la historia era absolutamente necesario  aumentar su custodia en tiempos de enojo social: como para demostrar quien tiene el poder real, al menos en el tramo final del mandato.

 

Así el nefasto gobierno militar salió a la calle a pegar y reprimir con toda sus fuerzas cuando sabía que el final era inevitable.

 

Ricardo Colombi parece advertir el inexorable paso del tiempo, y para evitar encontrarse de lleno con el vacío de poder busca convencerse (al menos él mismo) sobre las noblezas que entrega el sentiré absolutamente poderoso.

 

Por eso aumenta su custodia, aún en terrenos que hasta hace poco le eran hasta familiares. Como ocurrió en Mercedes, su pueblo, donde debió enfrentarse con el  malestar popular en la Rural, sobre todo por las recientes decisiones relacionadas con el Iberá.

 

Y allí no solo que mostró su implacable dureza en las relaciones humanas, sino que hasta perdió los estribos respondiendo enojado a los gritos de la multitud, que le expresaba su absoluta disconformidad con la entrega de los humedales.

 

El público presente, empezó al grito de “¡Iberá, Iberá, Iberá!”. Y Colombi respondió: “pueden gritar todo lo que quieran. Algunos hacen mucho ruido hoy acá y se callan frente a la pedofilia que hay en Mercedes”.


Frente al escenario principal del predio, unos 50 policías uniformados y otros vestidos de civil rodearon a los mercedeños que hasta hace poco tiempo casi idolatraban a su principal referente político, devenido ahora en un desesperado gobernante que empieza a sentir que se va.

 

Con otros matices, el escenario se repitió en Capital, donde algunos chupamedias de turno convencieron a los funcionarios centrales sobre la necesidad extrema de custodiar una plaza con el pretexto ridículo de asegurarse la organización de una fiesta. Así, los chicos pasaron el supuesto festejo rodeados de policías, que parecían custodiar a los más violentos referentes del ISIS, antes que estar vigilando una celebración vecinal.

 

La sensación de despedida incluye la pérdida absoluta de comprender la realidad. Y es peligroso cuando se empieza a creer que todo lo solucionan a palazos.

 

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