Por Daniel Caran
Parecería ser como una imagen bíblica del destino. El diablo instalado en nuestra casa. En la de nuestra Madre.
El infierno de Itatí nos muestra una imagen ya conocida que nos traslada casi cotidianamente a las páginas policiales y siempre el mismo motivo, como hipótesis o como verdad concreta: el narcotráfico.
Lo sucedido la semana pasada, con la muerte de un joven tras una terrible balacera, impone nuevamente que tengamos que fijar nuestras miradas en una realidad dolorosamente cruel a metros del altar mayor de Nuestra Madre Morena.
¿Por qué se insiste con la relación, cuando una cosa nada tiene que ver con otra?. Quienes creemos en ella como Madre de los correntinos nos negamos a entenderlo como una casualidad.
Tal vez, el mensaje divino de tiempos complejos que necesariamente deben ser revertidos como desafío abierto a un pueblo sufriente que debe terminar cuanto antes con el drama.
Y hay puntos definitorios de la vida misma que terminan relacionando el drama: la pobreza estructural que condiciona cualquier desarrollo sano y productivo de nuestra gente.
Sumidos en la pobreza, a un itateño común –como pasa en los núcleos más golpeados por el narcotráfico- le conviene de sobremanera dedicarse a cualquier negocio relacionado con las drogas en lugar de vivir de una actividad legal y sana.
¿Qué hacemos ante esto?. Poco y nada.
Los responsables de regir los destinos de nuestra Provincia se acuerdan de Itatí los días de celebración religiosa, y después parecen excusarse en cuestiones menores para salir del paso: enemigos políticos, responsabilidades ajenas, escaso poder policial para luchar contra el flagelo.
Después, pasan estas cosas. Muerte a balazos, y encima –según algunas hipótesis- hasta con víctimas equivocadas. Porque llegamos hasta esa barbaridad: la confusión de las balas suelen emparentarnos con cualquier lugar donde el delito es tan grande que todos terminan siendo casi ‘la misma cosa’.
El infierno en la casa de nuestra Madre debería ser un mensaje. Cual Sodoma y Gomorra… el castigo puede dolernos mucho.